Planes y recuerdos

Quienes me conocen o hemos conversado sobre nuestros sueños y planes a futuro, saben que, además de convertirme en periodista, uno de mis mayores sueños es tener una gran familia: ser madre de cinco niños (entre hombres y mujeres), tener una casa con un patio enorme en el que no falten las fiestas familiares y, claro, tener un esposo cariñoso.

La idea de tener una familia grande <<como las de antes>> es resultado de la convivencia con mis familias materna y paterna.

La persona que se ve en la fotografía que acompaña al título, es mi abuelo paterno, Julián Tamai. Cuando era niña, la casa en la que él habitaba junto con mi abuela, María Rojas, era mi favorita para visitar. Todas las Navidades y Año Nuevos, la casa se llenaba con la visita de sus hijos, nietos y hasta bisnietos. En total y sin contar a la familia política, solíamos ser unas 43 personas. La felicidad que recuerdo de mi niñez rodeada de tantas personas con las que tenía un lazo sanguíneo, es una de las principales razones por las cuales he deseado tener una gran familia.

Por otro lado, mi familia materna se caracteriza por tener un pequeño número de personas que la integran. Actualmente y sin contar a las personas que ya no están físicamente, a la familia política y a quienes se han alejado por voluntad propia, los dedos de ambas manos alcanzarían justamente a contar a quienes la conforman. Supongo que el hecho de ser tan pocos en este lado de la familia, es otro factor que me alienta a crear una familia grande.

Sin embargo, y a pesar de que este sueño sigue vigente, con el tiempo he ido aprendiendo que el que una familia cuente con muchos o pocos integrantes, no siempre garantiza la presencia de estos tanto en las “buenas” como en las “malas”.

El lazo que se tiene con un familiar puede ser igual de frágil que el que se genera con una persona ajena a ella. Para que una familia se mantenga unida, sin importar su número de integrantes, los valores de amor, respeto y gratitud deben generarse desde su núcleo y ejercitarse día con día. Esta idea, forma ahora, parte indispensable de mi plan y sueño.

Muchas situaciones pueden cambiar a una familia, pero en específico, la enfermedad y muerte de un familiar puede cambiar toda la dinámica para bien o para mal, y de ambos panoramas he sido testigo ya; pero conforme a lo que he vivido a lo largo de estos años, creo firmemente que el amor, respeto y gratitud determinan el camino que la situación ha de tomar.

No entraré más a detalle porque hay temas personales que a nadie le incumben y porque utilizo la escritura como mi desahogo sin buscar causar lástima o generar chismes; pero creo que muchas veces como jóvenes olvidamos que somos nosotros a quienes nos toca cuidar y tratar de conservar los lazos con nuestra familia y para esto, a partir de la experiencia, he considerado a estos tres valores como indispensables para lograrlo.

Mi plan es ese: generar amor, respeto y gratitud desde el núcleo de la familia que deseo formar, generarlos en mí misma y practicarlos con todos los que me rodean. Y mi lección es no darle valor a una familia por su cantidad, sino por su calidad.

Escrito por

Estudiante de 21 años de la Lic. en Comunicación y Medios Digitales.

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